GORDA. GORDA. GORDA. GORDA. GORDA. GORDA. GORDA. GORDA. GORDA. GORDA. GORDA. GORDA. GORDA. GORDA. GORDA. GORDA. GORDA. GORDA. GORDA. GORDA. GORDA. GORDA. GORDA. GORDA. GORDA. GORDA. GORDA. GORDA. GORDA. GORDA. GORDA. GORDA. GORDA. GORDA. GORDA. GORDA. GORDA. GORDA. GORDA. GORDA. GORDA. GORDA. GORDA. GORDA. GORDA. GORDA. GORDA. GORDA. GORDA. GORDA.
Todo el rato en su cabeza. Estás gorda y eres fea, nadie te quiere ni te querrá nunca, ¿no lo ves? Es obvio. Lo peor es que sabe que esa vocecilla tiene razón. Nunca la han querido, ¿por qué alguien iba a hacerlo ahora?
Se mira al espejo, y sus ojos se inundan en lágrimas. No llores, no seas débil, asume de una vez que das asco y todo irá a mejor. Está harta de ser siempre la gorda, la fea, la que da asco, la amargada, la payasa, la callada o la que no para de hablar. Siempre igual. ¿La gente puede cambiar? No. Ni en un lugar nuevo, ni en ninguna extraña circunstancia. Lo pueden ocultar, sí, pero no para siempre.
Mírate al espejo -se obliga a sí misma-, mira el asco que das. Es penoso que alguna vez te hayan gustado tus ojos, míralos, son horribles, como el resto de tu cara y de tu cuerpo. Oh, hablemos de tu cuerpo -sigue hablando esa vocecilla-, mírate, cada día estás más gorda. Mírate, das pena. ¿Cómo puedes salir de casa con ese aspecto? Sí, ya sé que es el que tienes, pero, ¡por Dios! Das pena. Eres penosa. Ellos tenían razón. Das asco. Tienes que volver a dejar de comer, a ver si así mejoras algo físicamente, porque cada día estás peor.
Y así es como sabe que ha vuelto a tocar fondo.

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