Ella estaba acostada, intentando dormir, sus padres habían estado discutiendo mientras ella se duchaba en el hotel. Sintió una mano tocándole el pie y se sobresaltó. Ahí estaba su madre, mirándola -como siempre-, con esa mirada de superioridad.
-¿Qué quieres ahora? -dijo ella.
-Nada -se rió su madre.
-Dios, te odio, ¡mira lo que estás haciendo!
-¿Qué estoy haciendo, dime? -notaba la burla en su mirada y en sus palabras.
-Estás jodiendo esta familia -susurró conteniendo las lágrimas.
-¿Yo? No me hagas reír, tú eres la culpable de todo.
-No puedes hacerme esto, yo no tengo la culpa de esto -dijo, notando cómo se le rompía la voz y empezaba a llorar.
-Eso es, llora -dijo riéndose-. Lo que a ti te pasa es que estás celosa de que yo tenga a alguien que me quiera, y tú vas a morir sola porque das asco.
-Por favor, para -suplicó llorando.
-¿Qué? ¿Te jode que tu madre esté mucho mejor que tú o qué? -dijo sonriendo.
-Solo eres un puto saco de huesos -respondió ella con rabia, sabiendo que ella quería ser un saco de huesos.
-Pues para ser eso, me piropean siempre y me desnudan con la mirada.
-Te odio, mamá, te odio mucho.
-¡Parad! -dijo su padre- Y tú -dirigiéndose a su madre-, tú vete a ducharte que por hoy ya has hecho suficiente.
Y su madre se fue sonriente al baño a darse la ducha, seguramente orgullosa de haber vuelto a romper a su hija.

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