sábado, 9 de febrero de 2013

3.

Ella se giró con los ojos cerrados. Respira. No pasa nada, tranquila. Abrió los ojos. Allí estaba ella, semidesnuda frente al espejo; sus ojos rápidamente se fijaron en su barriga, en sus caderas y en sus piernas, "Dios, soy pura grasa, qué asco", se repetía una y otra vez mientras las lágrimas cruzaban su rostro, borrando todo el maquillaje que encontraban a su paso. Cerró los ojos, apretándolos. Esto tiene que parar antes de que acabe conmigo Estoy bien, suspiró, no pasa nada. Pero ella sabía que solo se estaba mintiendo a sí misma, como hacía con la mayoría de la gente.
Se dio la vuelta y se vistió rápidamente, los pantalones empezaban a quedarle grandes. Pero si no he adelgazado nada, pensaba. Se retocó el maquillaje, puso su mejor sonrisa y salió de la habitación.
-¿Has estado llorando? -preguntó la madre.
- No, -rió ella- he visto una fotografía muy graciosa y casi se me saltan las lágrimas.
- ¡Hola, guapa! -llegó su amiga, la cual era perfecta: guapa, lista y delgada-, estás preciosa, ¿has adelgazado, no? Estás genial. 

Solo entonces sonrió de verdad, pero no era una sonrisa de alegría y felicidad, era una sonrisa que conllevaba dolor. Tan solo si ella supiera...

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