Se dio la vuelta y se vistió rápidamente, los pantalones empezaban a quedarle grandes. Pero si no he adelgazado nada, pensaba. Se retocó el maquillaje, puso su mejor sonrisa y salió de la habitación.
-¿Has estado llorando? -preguntó la madre.
- No, -rió ella- he visto una fotografía muy graciosa y casi se me saltan las lágrimas.
- ¡Hola, guapa! -llegó su amiga, la cual era perfecta: guapa, lista y delgada-, estás preciosa, ¿has adelgazado, no? Estás genial.
Solo entonces sonrió de verdad, pero no era una sonrisa de alegría y felicidad, era una sonrisa que conllevaba dolor. Tan solo si ella supiera...

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