Se acaricia lentamente su brazo, nota las cicatrices ya invisibles a ojos ajenos. Suspira. No puede volver a hacerlo, lo ha prometido. El dolor hará que mi cabeza se calle, pensaba, pero ya no, hace mucho que ni eso sirve. Cuando has tocado fondo lo más duro es reconocer el hecho de estar ahí estancada, sin poder hacer nada más que ver cómo otras personas viven su vida sin problemas, con felicidad, despreocupados, y llorar en la noche preguntándose por qué ella no puede ser así.

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